Cuentos de Princesas

La Campana

La Campana

Cierta vez, en un pueblo escondido entre altas montañas, se celebraba una gran fiesta.

–¡Qué fiesta tan divertida! –dijo el niño que tocaba el tambor.

De pronto, dominando los gritos y las canciones, se escuchó el sonido de una campana.

–¿Dónde está esa campana? –se preguntaron todos, buscándola por todas partes sin encontrarla.

El rey tomó cartas en el asunto y ofreció una valiosa recompensa a quien descubriera la campana.

Varios niños empezaron a recorrer el bosque en busca de la campana, y uno de ellos preguntó a un conejito que estaba tomando el sol:

–¿Sabes dónde está la campana misteriosa?

–Nunca oí hablar de esa campana –respondió el conejo–. ¡Vaya cosas de buscar!

Los niños se adentraron en el bosque y encontraron un burrito que estaba comiendo hierba.

–¿Sabes dónde está la campana invisible? –le preguntaron.

–¿De qué campana me hablan? –Respondió el burrito–. En este bosque no hay ninguna campana.

Todos los niños se marcharon a sus casas cansados de recorrer el bosque, y sólo Raúl el hijo del rey, siguió buscando la campana.

–¿Sabes dónde está? –le preguntó a un búho que estaba descansando en la rama de un árbol.

–Jamás he oído sonar tal campana –respondió el búho.

Siguió caminando y, de pronto, un niño vestido de blanco apareció ante él.

–¿Has venido también a buscar la campana? –preguntó Raúl al niño vestido de blanco.

–No –respondió el niño–. Y tú ¿por qué la buscas? Eres el hijo del Rey, y no te hace falta la recompensa que ofreció tu padre.

–Me gustaría encontrarla para llevármela a mi palacio. Así todos los súbditos de mi padre podrían verla y oírla y se pondrían muy contentos.

–Veo que te preocupas por los demás –dijo el niño vestido de blanco–, y esto está muy bien.

–¡Allí está la campana! –Dijo el niño vestido de blanco–. Tú has podido encontrarla porque eres bueno y generoso.

–Sí –dijo el príncipe–, me gusta que todos los que me rodean sean felices. Y, cuando sea rey, procuraré seguir como ahora para ser amado por todos.

–¿Podré llevarme la campana a palacio? –preguntó Raúl.

–No –respondió el niño vestido de blanco, que en realidad era el ángel de la guarda del príncipe–; ya no volverás a verla nunca más. Sólo la escucharás si alguna vez faltas a tu promesa de ser un buen rey.

El príncipe se quedó a dormir en el bosque, y el ángel de la guarda veló su sueño.

A la mañana siguiente le ayudó a traspasar el río en una barca, y se despidió de él antes de llegar a palacio.

–No olvides –le dijo el ángel– que aunque no me veas, siempre estaré a tu lado.

–¿Dónde has estado? –preguntó el Rey a su hijo.

–Buscando la campana –respondió Raúl–. La encontré, pero estaba muy alta, cerca de las estrellas, y no pude cogerla.

Al cabo de un tiempo, Raúl fue proclamado rey y nunca olvidó su promesa de ser un monarca bueno y generoso.

A veces, cuando iba a cometer alguna falta, la campana sonaba como si fuera un aviso de su ángel de la guarda, y Raúl se arrepentía al instante de su mal pensamiento.

FIN

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